lunes, 22 de septiembre de 2014

By heart: algunos apuntes sobre el Régimen del 78 y la Transición

Evidentemente, la memoria personal no es un procedimiento ni una fuente muy científica en historia. Pero creo que cualquiera que deba hacerse cargo de relatar o intente hacerse una idea cabal de un período histórico no puede prescindir de las memorias particulares. Son engañosas, sí, pero los datos documentales y los archivos, sin el hilo de sentido de una subjetividad que los ensamble, pueden ser absolutamente engañosos y dar una imagen completamente distorsionada de la realidad. Christopher Nolan nos lo explicó con claridad. Y con dolor. Por tanto, yo no voy a exponer ningún dato oculto ni novedoso, pero voy a intentar una lectura de los hechos que me extraña no haber visto articulada como tal aún.

Sobre la Transición y el asentamiento del Régimen del 78 tenemos dos grandes narrativas. Una, integrada, que posiblemente tuvo su máxima materialización textual en la serie de Victoria Prego. Es la versión oficial en su efigie más edulcorada y no es extraño que RTVE la produjera justo cuando se iba a producir la mayor alternancia en el poder dentro del régimen, tras 13 años de gobiernos de Felipe González. De todos modos, es la versión oficial: fue un proceso ejemplar que consiguió una transición de un régimen totalitario a una democracia sin que mediara un proceso bélico (señalo que no digo "cruento", porque sangre hubo). Se trató de un consenso sin ambages ni medias tintas que sirvió de ejemplo al mundo. De hecho, la mayoría de las transiciones desde las dictaduras latinoamericanas y desde el bloque soviético se habrían mirado en su espejo. La importancia de este trabajo de Victoria Prego es que mucha gente nacida después del año 70 es casi la única fuente de información de que dispone para hacerse una idea del proceso.

La versión que se está imponiendo ahora es precisamente la contraria, es decir, la apocalíptica. Esta versión ha venido ganando terreno desde la proliferación de iniciativas neoconstituyentes y dese la explosión social que supuso el 15M y la ola de republicanismo que ha venido después. Según esta versión, el Régimen del 78 habría sido una victoria del franquismo que consiguió perpetuarse en el poder por otros medios de una forma muy lampedusiana. Una derrota del bando republicano que aceptó unas condiciones que nos han llevado las circunstancias actuales de crisis, recortes, empobrecimiento y corrupción generalizada.

Evidentemente, la situación es ésa, pero si estamos empeñados (yo lo estoy sin duda) en pergeñar un nuevo sujeto constituyente creo que no estará de más hacernos una idea cabal de el modo en que se formó el anterior para entender cómo es que ha acabado así e intentar no repetir los errores. Por tanto, voy a ejercer de "tío Palao" (espero no dar aún el perfil de "abuelo Cebolleta") y voy a contar los recuerdos de mi adolescencia. Concretamente, desde que murió Franco, momento en el que yo contaba 13 años, hasta la primera victoria felipista, esto es, hasta mis 20.

Pongo, pues, mis cartas sobre el tapete. Yo recuerdo las cosas de esta manera: El régimen del 78 fue un pacto -¿componenda suena muy fuerte?- entre las cúpulas de los dos bandos de la Guerra Civil al margen de la sociedad española. De hecho, los representantes oficiales de ese exilio -titulares y dirigentes de partidos refugiados fuera de España, en absoluto hablo, faltaba más, de los muchísimos exiliados de a pie- fueron claramente utilizados no sólo para legitimar el proceso, sino para domesticarlo frente a una posible insurgencia interior mucho más difícil de controlar. 

Esto dista bastante de ambas versiones oficiales, así que voy a intentar dar algunos datos y razones en los que se fundamenta mi percepción de los hechos de aquella época. Desde el lado del falangismo y el fascismo, es de sobras conocido cómo se fueron recolocando sus activos para el nuevo panorama político electoral. Gente joven del régimen se arremolinó alrededor de Adolfo Suárez y acabaron formando Unión de Centro Democrático. Otros, lo hicieron alrededor del ex-ministro de Franco, y de Arias Navarro, Manuel Fraga y formaron Alianza Popular. Tras el período, UCD se hundió y el gran partido de los que provenían del franquismo fue AP, que se refundó en el PP. Hoy se puede contemplar de muchas maneras y recriminar a alguna de esta figuras su origen franquista todo lo que se quiera, pero comparado con las transiciones del Este de Europa desde el "socialismo real" hacia el capitalismo, parece un proceso bastante transparente. En todo caso, fue una metamorfosis reformista, ad hoc y no creo que merezca más comentario.

Bastante más oscuro, a lo que veo, para las generaciones que no lo vivieron, es el proceso de la izquierda antifranquista, que hoy se vende como mucho más transparente. Pero los que vivimos la época y pululamos por ella, no deberíamos de dejar de sorprendernos de que, frente a la sopa de letras que conocimos de partidos de izquierda revolucionaria que habían traído a España las corrientes del marxismo que estaban operando desde Asia hasta el mayo francés -y por supuesto, en Latinoamérica- tras la transición del franquismo, sólo hayan quedado el PCE (semidiluido en IU) y el PSOE (completamente diluido en sí mismo). Ya, ya, la historia nos la han contado y queda de lo más aparente: eran unos locos sin sentido alguno de la realidad y acabaron haciéndose el haraquiri. Ahora bien, esos partidos y otra parte del tejido ciudadano clandestino -se supone que eran minoritarios, pero no hay forma cierta de saberlo sin encuestas ni estadísticas- también trajeron un forma de articular, por ejemplo, las demandas nacionales de las naciones sin Estado dentro del español, que en ningún modo habían sabido articular con el marxismo las fuerzas que constituyeron el Frente Popular durante la República, incluida ERC. Qué casualidad también, que después de todo este trabajo de conceptualización que había llevado a cabo la izquierda en la clandestinidad, en los dos territorios más combativos en este sentido del Estado hayan gobernado partidos "nacionalistas de derechas" (se permitieron tripartitos de izquierdas, sólo con el PP en el poder central), y que el único nacionalismo independentista socialmente presente y que no reconocía la legitimidad democrática del 78 -véanse las declaraciones de Pablo Iglesias en el vídeo que he vinculado más arriba- tuviera su posible legitimidad discursiva atrapada en las maraña del terrorismo.

Bien, toda esa sopa de letras (MC, ORT, PCE-ML, OIC, OCE, PTE, LC, LCR, etc.) que acontecía España como en Europa y en otras partes del mundo, estaba, con todos sus sectarismos y contradicciones, realizando un trabajo de articulación de nacionalismos, feminismos, y otras muchas reivindicaciones sectoriales con el marxismo. E intentando articular entre ellos pactos, alianzas y convergencias ideológicas mientras trabajaban con denuedo leninista en el frente sindical, vecinal, obrero, etc. Junto a todos ellos estaba y sobresalía por su base militante, por supuesto, el PCE y su rama sindical, CC.OO. El PCE fue sin duda la fuerza más numerosa y más activa y que más contribuyó a la caída del franquismo desde el interior. A cambio, y era la principal acusación de los partidos "a su izquierda", abrió su militancia de tal modo que su ideología estaba cada vez menos clara, diluyéndose en un genérico democraticismo antifascista. Por su parte, su líder en el exilio, Santiago Carrillo, estaba pergeñando con otros líderes comunistas occidentales, una línea abundantemente acusada de revisionista que acabó conociéndose como eurocomunismo.

Como hemos visto, todos estos partidos fueron desapareciendo hasta principios de los 80, diluyéndose en pequeñas coaliciones autonómicas. Hoy, pasa porque tuvieron una importancia puramente decorativa, pero sólo un apunte, que todo el mundo parece empeñado en olvidar: un partido como la UCE (Unificación Comunista de España), con el que tuve varias trifulcas personales en los 80 por su dogmatismo, fue el máximo responsable de mantener encendida la llama anti-OTAN, con actos continuos y una titánica campaña de recogida de firmas (no había change.org, ni Avaaz, ni nada parecido en la época, y eso se hacía a pie de calle con frío o con calor) que obligó a Felipe González a convocar el referéndum prometido, cuando él estaba más interesado en que el pueblo español olvidara su promesa, disuelta en su carisma.

Evidentemente, fue el Psoe el que recogió el fruto de este trabajo en forma de votos durante casi década y media mientras que el PCE, tras una larga travesía del desierto, pudo salir a flote formando IU, la tercera fuerza política de España, con otros pequeños partidos, la mayoría provenientes del descontento de sectores de izquierdas socialistas con la deriva derechista del felipismo. El caso es que al final sólo quedan, es importante recalcarlo, los partidos que provenían de la República PSOE y PCE (en IU), es decir, lo que sería homologable con la Unión Eurpoea, sentando las bases de lo que hoy llamamos bipartidismo (o "casta") junto con el partido de los provenientes del franquismo y los nacionalismos legitimados por la República (prueba evidente, es el poco rastro que queda de un nacionalismo valenciano, mucho más presente hace 30 años, pero no con pedigree "pre-anti-franquista"). Los militantes de esas formaciones quedaron en el ostracismo electoral y parlamentario y se decidieron por otros movimientos sociales. Algunos acabaron entrando con los años en IU, y los más espabilados se incrustaron en el PSOE y lo consagraron como el partido de los yuppies en los 80: ya que hemos de aceptar las reglas de juego, vamos a sacar partido de ellas. Todo ello, conforma las dos grandes comunidades de goce de la política española desde la transición hasta hace muy poco.

¿Pero cómo se llegó a esta situación de domesticación de la insurgencia social a través del enfrentamiento consensuado? El franquismo reformista lo tuvo claro desde el primer momento. Nada de intentar enfrentar la conflictividad social directamente. Necesitaban interlocutores con los que pactar una salida airosa y fueron a buscarlos al exilio institucional republicano, puenteando completamente a la oposición interna con el consentimiento de éste. La operación no fue casual ni banal. Santiago Carrillo estaba en París, sí. Y se puede decir que la plana mayor del Psoe estaba en Sevilla. Pero esto no es exacto. Si Felipe fue interlocutor válido para Suárez era porque había sido legitimado en Suresnes. Tierno intentó formar un Partido Socialista del Interior, viendo lo alejados de la realidad española que estaban los dirigentes del Psoe en el exilio, y llegó a formar un Partido Socialista Popular, con el que se presentó a las elecciones. Pero no fue nunca tomado en serio -es un decir- hasta que lo disolvió y se integró en el Psoe. 

Podemos decir que, si bien, el PNV tenía tradición republicana, CiU había nacido en el seno del antifranquismo interior. Pero baste recordar que igual que se permitió entrar a Carrillo con su peluca, Suárez casi fue personalmente a bucar a Tarradellas a su casa francesa y bien que se escenificó, por encima de ERC, el traspaso de la herencia legítima de la Generalitat republicana a Jordi Pujol. Sabían que así se domesticaba a la gran mayoría de la oposición interior, al independentismo, a las fuerzas marxistas revolucionarias, al clamor popular. Fue una inteligente operación consistente en convertir los antagonismos en demandas "democráticas" (uso la terminología de Laclau ahora) que el Estado heredero de Franco podía satisfacer, disfrazándose para ello, con la doctrina eurocomunista de la reconciliación, como heredero también de la legitimidad republicana. No quedaba, quisieron transmitir, nada más que hacer. 

Creo que conviene recordar estas cosas, a día de hoy. Desde la izquierda dogmática  se está acusando a Podemos de ser el nuevo Psoe. Desde mi recuerdo adolescente, a mí me evoca mucho más el PCE del tardofranquismo y de la Transición. Un partido con cierta apariencia de cajón de sastre, pero que fue capaz de aunar magníficamente muchas voluntades de cambio. El proceso de "masas" (uso un término de la época) fue al fin coagulado, redirigido, porque sus máximos dirigentes fueron atrapados en la maraña parlamentaria y mediática y, queriéndolo o no, monopolizaron, recondujeron y después acallaron la voz popular. La organización lo pagó con sangre y fueron años duros hasta reconstituirse a través de su articulación en Izquierda Unida. Una sana desconfianza hacia los representantes mediáticos y parlamentarios, una vigilancia constante y una coordinación entre las voces populares y las de los portavoces en instituciones es imprescindible en ese sentido. A ver si no nos pasa lo mismo otra vez. Vayamos tejiendo otro tejido.